Nunca noté su cansancio
Todos los días emprendía
Su camino de "hormiguita"
Con su voz de trino
Componía el vals sin monotonía
Se levantaba temprano
A bailar con la escoba
Luego removía el rescoldo de la noche anterior
Y con su gran pericia
El fuego prendía en el fogón,
Un café de olla
Va aromando la estancia para el dormilón
Su sonrisa de regalo va desgranando
A cada miembro de la familia.
…yo no sé si todas las abuelitas fueron así pero, la mía usaba guaraches, sombrero de paja y dos grandes trenzas escondían sus risos de seda plateada; su blusa zurcida por sus propias manos, combinada con una falda amplía y cincha para amarrar en la cintura y una caída por debajo de la rodilla.
Cuando la recuerdo viene a la memoria su rostro de calma y su complacencia. Era como un proceso de vida terminado, su madurez se veía por todos lados. Te consentía, te miraba, te exhortaba sin componendas. Cuando topaba con su mirada diáfana y profunda, desnudaba mi alma; y es que en la comisura de sus labios con su sonrisa dibujada. Te decía ¡bribón! Ya no hagas travesuras… te hacía sentir culpable o irresponsable de los hechos que creíste haber escondido en alguna parte de la calle transitada –ayer, antier o la semana pasada-. Era como un filósofo de la antigüedad. Sabía de todo y no tenía miedo a la obscuridad.
Recuerdo cuantas historias transmitía –como el origen de la literatura- su gama de narraciones orales eran bastantes descriptivas, pero, yo vivía la vida de prisa y no le di valor a lo que contaba. Ahora aquí estoy, reinscribiéndola. Veo la importancia de sus cuentos, pero ya es tarde. Sólo me quedan algunos jirones de anécdotas.
Su didáctica de contar hechos con fechas y nombres, no se me olvida. Yo digo que era una mujer sabia. Una mujer así no debería ser arrebatada, pues tiene gran cosa que enseñar.
La electricidad llegó tarde a su vida. La licuadora la vio insípida; rápida pero sin sabor; la estufa por el “tenamaxle”, más o menos la aceptó cuando escaseo la leña para quemar o la lluvia no le dejaba salir, pero, aún así sus platillos eran únicos. Su sazón inconfundible, aún pasa lista de presente en la sobremesa de los días presentes. Como le extraño cuando paso por la cocina.
Alguna vez la vi montada en su burro al despuntar la mañana y emprender el camino para llevar el “Ítacate” al abuelo. Él trabajaba en alguna hacienda lejana, así que para las mil cien ella apenas llegaba con su “tambache”: habas para tostar, papas para hornear, chiles para torear y tortillas de maíz –lo que podía durar mas de tres días- Al llegar a la milpa, la abuela, tendía un costal o el ayate en lugar de mantel y si las condiciones lo permitían, encendía una fogata para recalentar o hervir. ¡Qué tacos más sabrosos! Sobre las brazas se van tostando las memelas o las quesadillas, un jarro de atole, café o pulque en tiempo de calor. Y así de furtiva era la mañana.
Para el medio día, el rito terminaba y otra vez a regresar sobre el camino andado; levantaba su fiesta y de manera improvisada, sobre la orilla del camino, iba recogiendo quelites, nabos, cenizos o quintoniles –hierbas de campo- para cocimiento al vapor o a las brazas. Con chile, cebolla y ajo al llegar a casa. Recuerdo que a falta de carne una tortilla caliente o una “gorda” de masa, se cortaba por la mitad para llenarla de salsa y frijol fritados. Qué sabroso era comer alrededor del metate y el fogón. Cuando la papa horneada era rescatada de entre la ceniza, está salía con su cáscara dura y manchas carbonizadas. La descarapelaba para aderezarla de sal y darle una mordida. Era suave, aromatizaba el paladar; pa’ que supiera más sabrosa una mordida a un guisante; era la composición convertida en bocado.
Olvidaba decir que su comida en casa era aderezada con una salsa picante de moritas, guacamole, pico de gallo –jitomate, chile verde, cebolla, ajito; trozados uniformemente en pequeños cortes-, salsa de xoconozle o simple tomate rojo y chiles toreados en el comal caliente; luego molidos en el molcajete…y cuando la salsa estaba preparada, tomaba una tortilla del comal y sudar ¡si señor! Era una delicia en el paladar -arrancar saboreadas sin igual y con el dorso de la mano limpiarte el moquillo que escurría de lo picoso y sabroso-.
No tenía reloj de mano pero, su sapiensa empírica la manejaba con las sombras del sol. Sabía administrar el tiempo y todo estaba listo como si tuviera un cronómetro infalible.
Nunca le dije: ¡Hola abuelita! cuantos años levantándote de madrugada para atender a tu familia de comelones...hoy sólo recuerdo algunos rincones de su estadía.
Recuerdo su zapato de uso duro. Unos guaraches, confeccionados de correas de cuero de bovino y suela de hule macizo –como los que se miran en las llantas de auto. Entre la correa cruzada y el hule se sujetaban con alambre o hilo cáñamo. Eran zapatillas para morir iguales; eran una especie de sandalias y, con ellas emprendías cualquier viaje o trayectoria.
Le ví bajar el cerro, sobre la ladera con su tercio de leña a la espalda y en sus manos algún fruto silvestre (tunas, garambullos, guapillas, zetas, pitayas y frutitas de biznaga. Otras veces salías a la parcela cercana y recolectabas “mezotes” o leña conocida como “Barañitas” para quemar.
Sus manos ásperas, sus talones partidos o su espalda, daban cuenta de ello. Era un cuerpo de dureza indestructible ante cualquier esfuerzo.
Abuelita. Sé que te marchaste sin jurar si volverías, pero tu recuerdo me sigue de noche y de día. A veces te imagino trajinar en la cocina, o subir las escaleras; arriar a tu borriquillo y llamar a la gallinas con tu pupupupuuu, pupupupuuu para que se acerquen picotear los granos sobre el suelo.
Un éxodo de invitados se presentaba sobre el patio: gallos, gallinas, pollitos, conitos, guajolotes, güilas y una que otra paloma; también los marranos, los borregos y chivos y hasta el propio burro “Rucio”. Y como competencia de velocidad, cada pico se esforzaba por levantar el maná de cebada y maíz ¡Y tú platicando con la granja entera!
Luego cada semoviente desaparecía en la búsqueda de gusanos, zacate o retoños, macollos y una que otra lombriz de tierra. Y tú, mamá grande, con tu sombrero calado sobre la cabeza lo hacías a un lado y con el dorso de la mano limpiabas el sudor de tu rostro y un suspiro saltaba al terminar cada labor. A veces me llamabas la atención. ¡Muchacho travieso! ¡ahorita vas a ver! y nunca me alcanzabas. Ahora eres tú la que camina por delante...
Ya no estás, pero vengo hasta la tumba y platico contigo. El sol y el polvo hacen de las suyas pero no les hago caso porque estoy contigo. Mientras te dijo –cierra los “oclayos” para darte un picorete- y tú contestabas –¡uuuuhhhhmmmmnn, no!. -Siempre te hiciste la difícil…pero estoy contento-, cuando pude te hice saber que te quiero y aunque ya no regreses de tu prolongado silencio. Te pinto en pequeñas imágenes para platicar contigo como tú lo hacías conmigo cuando era pequeño...ya me voy porque la casa está solita, otro día vengo a platicar contigo.
Un monólogo y un ramillete de flores adornan el florero descolorido y yo prometiendo volver...
Un monólogo y un ramillete de flores adornan el florero descolorido y yo prometiendo volver...


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