Cavilaba mientras sujetaba el volante del auto con la azarosa inquietud de mirar los paisajes; disfrutar el mar; nadar y quizás conocer una chica hermosa. El sol se burlaba de mí golpeando con sus dardos venenosos el brazo que se asomaba sobre la ventanilla del auto gris.
Sudoroso vi agotar la distancia entre el altiplano y el borde del mar. Era el bello puerto que mi corazón lo tiene encantado. Sus aguas bravas, a veces tranquilas pero nunca con peligro.
Pensé en comprar mariscos para llevar de regreso a casa. Y pregunté por un lugar para comprar y comer sabroso. “El embajador del marisco” –dijo mi entrevistado-. Así que aceleré el auto y llevé mis pasos hasta el lugar mencionado.
Cuando atravesé el marco de la puerta sin puerta. Un cuerpo de ébano cruzó una mirada dulce de intenso color negro. Evaluando mí presencia. Me sentí desnudo; traté de permanecer ecuánime. Sonreí con ella. Ella dijo con su voz de melodía –siéntese donde guste-
Su voz era natural, sin poses de artista. Y pellizqué disimuladamente mis muslos para sosegar mi “rabo verde” que empezaba a despertar. Pero ella utilizando su mirada retaba mi mirar. Hubo ocasiones en que al sostenerle su pícaro atrevimiento. Se levantaba de su silla y venia hacia mí con todo su esplendor de primavera –improvisaba alguna pregunta y luego ordenaba-.
También miraba de reojo cuando la gente llegaba. Después una salida y regresaba, y otra salida… y retaba con su caminar ingenuo frente a mi mesa. Supuse que era una sugerencia para seguirle. Así que cuando pagué la cuenta ella se adelantó rumbo al punto de mi llegada. Por algunos minutos le perdí y decidí comprar agua y fruta en la miscelánea cercana. Para mi sorpresa, ahí estaba con su juventud delicada. La saludé y me dijo hola. Estaba nerviosa pero, caminó hacia el fondo de la tienda y la busqué entre los pasillos y ella también me buscaba. Animé a preguntar su nombre y me dijo “Zulia” y agregó –es un nombre feo-.
-Le dije-. No, tú nombre es impacto, jamás lo he escuchado y cuando lo pronuncias es aroma de frutas dulces.
Se turbó…y me turbé. Fue un instante en que me vi desarmado. No supe que decir más…tontamente la invité a caminar a la orilla del mar. -Pensé que por estar a unos cuantos metros de las olas le sería común pedir permiso e ir a mirar la puesta del sol-.
No me gusta el mar, jamás he estado ahí. –Su respuesta me desarmó- Guardé silencio. Parecido a la eternidad. No supe que decir…parecía que jugaba conmigo. Bueno ¿adónde te gustaría ir? –pregunté-
A ningún lado. Tengo miedo. -Fue su respuesta-.
Por un instante quise tocar sus manos porque imperceptiblemente, ella quiso que las tocara…pero también tuve miedo…detuve el impulso desigual. No era cortar una flor de un jardín común. Era un sueño cuyo despertar podría ser difícil para uno de los dos. Cobarde o no, aquella melodía era para alguien con mayor alegría.
Me despedí de ella y salí del lugar. Todavía esperé su salida y me regaló su dulce mirada y una pregunta que no entendí…
La seguí con la mirada hasta perder su figura virgen. Luego le dije adiós y ella ya no escuchó. Ni tampoco el suspiro que arrancó al morir el sol sobre el horizonte que me regaló esta historia sin nacer.


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